Luciano Lamberti habla de “EL LORO..” en ETERNA CADENCIA

Nunca se sabe

POR FLORENCIA PARODI

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El loro que podía adivinar el futuro es un libro de seis cuentos donde conviven personajes y discursos de toda procedencia, terrestres y extraterrestres, científicos, cotidianos y holísticos, y donde el desfile de criaturas es insólito (“solitarios con peces ciegos en peceras sucias, viudas con canarios espantados por la visión de su desnudez, oligofrénicos coleccionistas de caracoles y mantis religiosas, amaestradores de hormigas, exploradores de especies extintas”, es solo una de las enumeraciones). Los animales tienen un papel importante en este segundo libro de cuentos de Lamberti; además del loro que podía adivinar el futuro hay por ejemplo un oso con un problema que solo entiende un viejito intérprete de animales: “Dice que para qué vivir —dijo mi abuelo— si todo se esfuma y se pierde en la gran nada del universo cósmico”.

En esta entrevista Lamberti habla de sus cuentos y de muchas otras historias que fueron cocinando la elaboración del libro.

Cuando salió El asesino de chanchos te preguntaban por la preferencia de la primera persona en la voz narrativa de los cuentos y decías que te daba placer hacer que la voz de los personajes pasara a través tuyo, que te sacaba lo histriónico. El primer cuento de El loro que podía adivinar el futuro se mantiene en esa línea, en el segundo el narrador habla en primera pero en nombre de un colectivo, de la familia, y a partir del tercero despega para cualquier lado. ¿Qué te permitió esta forma de contar en tercera y desde muchos ángulos?

—Sí, el primero es como una especie de nexo. Yo no lo quería poner primero, pero Falco casi me dio la orden, y como él es barbudo y sabio, lo terminé poniendo así. Quería experimentar la tercera como una posibilidad de salirse. Se decía que con la tercera objetiva, la de los narradores realistas, el lector olvidaba que estaba leyendo una historia. Quería, a mi horrible manera, tratar de emular esa sensación de perderse en la historia: el encantamiento. Además da esa posibilidad de salirse de uno mismo y trabajar más con la historia. Me tenía harto el narrador en primera que se usa mucho, el del realismo, porque se confunde con el escritor. Gran parte de mi generación tiene ese cliché. Igual me siento siempre más cómodo escribiendo en primera, la mirada subjetiva le da otra plasticidad.

Pero “Algunas notas sobre el país de los gigantes” tiene mucha plasticidad y está contado por una tercera que encima atraviesa muchísimas otras voces.

—Los que lo leyeron me dicen que es el cuento más flojo, pero yo lo quería incluir porque me gusta que sea tan delirante y que tenga un tono tan distinto a los demás, más Ballard, más ciencia ficción post apocalíptica. Me interesaba eso.

También me hizo acordar a Dónde viven los monstruos, el libro de Maurice Sendak con el que Spike Jonze hizo una película.

—Puede ser, es una película que vi mientras estaba escribiendo esto. Spike Jonze trabaja siempre con relatos fantásticos y muy delirantes, comoQuiéres ser John Malkovich, pero a la vez con trasfondos muy humanos que tienen que ver con los sentimientos. Me gustaba esa forma. Dónde viven los monstruos también: son monstruos neuróticos. Quería hacer el neurótico de los cuentos realistas llevado a un género más fantástico. Los extraterrestres de “La vida es buena bajo el mar” son los neuróticos del asesino, como en “El arquero”, que el personaje estaba todo deprimido. Quería hacer eso pero cambiando de género para ver qué pasaba. Son la misma clase de personajes, pero en otro contexto. Estoy harto del realismo ya.

En otro contexto más allá de los portales.

—Claro. Pienso que lo que une a los cuentos es una realidad alternativa. En un mail a Terranova le dije que los cuentos tratan sobre drogas e internet. Esa idea de una realidad que te hace daño pero te gusta, entonces quedás adicto a eso.

¿Nuestros vicios –como la dislocación es el vicio de los Residentes en “La vida es buena bajo el mar”– tienen que formar parte de la estructura de lo que escribimos?

—Completamente. Eso es por leer mucho Stephen King. Como él tomaba mucha merca para escribir, sus personajes son siempre adictos. Y me pareció interesante trabajar con la adicción porque la estructura básica de un cuento, alguien que necesita algo, ahí la tenés muy clara.

Y hace progresar la tensión, la realidad alternativa es muy atractiva, en “Algunas notas del país de los gigantes” cada vez son más los exploradores que se mandan a investigar.

—Claro, y se quedan. En eso el cuento se parece al de los extraterrestres [“La vida es buena bajo el mar”] porque es la idea de colonización, de inmigración, de una civilización que conquista a otra, o que se mete en otro mundo en un sentido holístico, ponele. Tiene que ver con que estaba releyendo a full las Crónicas marcianas –me da un poco de vergüenza, es un libro para chicos [se ríe]. Lo había leído en mi preadolescencia y me había quedado muy marcado. Se la re banca. Las mejores lecturas yo creo que son las de la adolescencia, ¿viste? Yo leí Cortázar en mi adolescencia y, aunque ahora no está bien hablar de Cortázar…

Y en un bar en Puan al 400.

—En esta cuadra me pegan todos. Salen y me putean desde los balcones. No puedo dejar de recordar esa sensación de encanto que te producen ciertos autores, los de la adolescencia. Te deslumbran incluso a nivel ético, si se quiere, o como de forma de ver la vida.

—“El viaje” del que se habla en los cuentos (y más ahora teniendo en cuenta que me decís que tratan sobre la droga y sobre internet), ¿tiene un precio?

—En realidad se paga con la ausencia del placer, ¿no? Lo que les cuesta es volver. Está todo bien con la Tierra, pero les empieza a gustar ese otro mundo y en contraposición este mundo les parece cada vez más seco. Con poca onda y muy poco zen, que el otro es re zen. Tiene que ver con eso: no poder volver de esa sensación, o recordarla, que es el problema de la droga en general. No trabajo para el Gobierno, eh, no soy un moralista: la droga en el buen sentido de la palabra.

Se puede llamar así la entrevista: La droga en el buen sentido de la palabra.

—No, por Dios, que lo va a leer mi mamá. Me va a decir ¿te estás drogando, Lamberti? No, mi mamá no me dice Lamberti. Algo que me pasó, que no sé si lo puedo contar… sí, lo puedo contar porque queda cool: probé el ácido para incluir esa sensación. Lo probé con interés casi científico. La idea del país de los gigantes se me ocurrió porque fuimos a tomar ácido a una casa de campo y nos pusimos a hablar de qué iba a pasar cuando se agotaran los recursos en la Tierra, y cómo iban a ser los viajes a Marte, porque además como te dije esraba leyendo Crónicas marcianas. Yo me imaginé que fallaban esos viajes y terminaban en una tierra de gigantes, ese fue el detonante. Después lo hice más simple.

Hay un repertorio muy bueno de nombres en ese cuento, desde Irino, el nene que descubre el portal, a todos los exploradores de las distintas nacionalidades: Klaus Von Klauwitz, Jorigao Anselmo, Ozuku Né.

—Pasa que leí a Pron y me pregunté por qué siempre tengo que usar personajes de San Francisco, donde nací. Me di cuenta de que quería meter personajes internacionales. Y metí todos estos.

En la misma entrevista que te mencioné te preguntan por la importancia de la tele en tu escritura y hablás de Lost. Las estructuras de algunos cuentos de este libro tienen algo de Lost.

—Sí, eso es otra lectura que me hicieron, que estos cuentos son post series, digamos. Traté de trabajar con las mismas estructuras medias clásicas de las series. Y en Lost hay mucho de eso por la cuestión del misterio que se hace más grande, en realidad, que no se resuelve. O los portales. Por ejemplo el cuento del loro tiene la estructura de la lámpara de Aladino.

—Sí. También me hizo acordar a “El retrato” de Gogol. Otra cosa que hay en Lost es lo de poner muchos tópicos literarios a funcionar a la vez en una isla. ¿Viste que en un capítulo Sawyer lee La invención de Morel?

—¿A vos te parece que pongo tópicos literarios?

Sí, hay un montón. Hace poco dijiste en twitter que te bajaste la audiobiblia y que ahí están todas las historias posibles. Hay bastantes historias posibles en Lost y en El loro que podía adivinar el futuro.

—En el de los gigantes sobre todo, son historias, tras historias, tras historias. Se difumina así.

Lo más rico de esa estructura es que recurre a “el otro”, pero a eso también se le contraponen diferentes “otros”, entonces la oposición ya no es dual. Hay cosas más inesperadas.

—Eso es re Lost. Muchas gracias, voy a usarlo en las futuras entrevistas.

Para seguir con la tele, “La Feria Integral de Oklahoma” me hizo acordar a El gran pez.

—Yo en realidad se lo robé un poco a John Irving. Uno de los cuentos de El mundo según Garp es el primer cuento que escribe Garp, que es un escritor, y es sobre unos tipos que revisan pensiones y en una de las pensiones encuentran un oso en el baño. Los tipos después vuelven y están viejos, yo quise que los de la Feria Integral de Oklahoma volvieran tiempo después pero con la misma edad, eso es re Lost también.

Algo que aparece mucho, de hecho está en los dos títulos de tus dos libros de cuentos, es la simbología animal.

—Sí, me lo dicen, me da cosa porque es como si no pudiera escribir sin eso. Hay muchos animales, los monos de Falco, Can Solar. Hay muchas cosas así generacionalmente. Muchos de ellos están escribiendo con elementos de ciencia ficción, como Los cielos de Córdoba, y Busqued me contó que también está en algo así. Estamos todos choreando de lo mismo. Yo estoy completamente a favor de trabajar con la tradición, es un trabajo medio posmoderno, pero no: que no sea irónico, sino que tenga que ver más con el homenaje que con la parodia. En ese sentido a mis alumnos les digo siempre: lo que les guste choreenlo, que siempre le van a dar una nueva mirada a lo que roben así que va a ser una apropiación, no sé, una forma de canibalismo. Los animales los trabajo mucho porque para mí son como “el otro” también. Es tan distinta la percepción. Hay un libro de John Berger,Mirar, que habla de la mirada animal, está muy bueno. Dice eso, que los animales son el otro. Habla de la evolución de los zoológicos también, de cómo se los va apartando y se los va encerrando, y de la imposibilidad de contacto. Te hace pensar en tus mascotas y en cómo nunca vas a entenderlas. En ese libro hay como una domesticación al revés, si se quiere: el tipo empieza queriendo domesticar y termina siendo domesticado él.

Hay algo de eso en el personaje del abuelo que habla con los animales. Esa era otra pregunta, qué quieren hacer los animales con nosotros.

—Destruir el mundo, obvio. No, no sé, todo libro es un poco sobre el encuentro con el otro. Excepto el primer cuento, que es más como de la otra onda. Ahora estoy pensando que está medio desubicado ahí.

No, se une en los accidentes. Para mí está muy bien el orden porque el primer cuento es un augurio de lo que va a ser este libro viniendo de El asesino de chanchos, y el último, el del loro, es la adivinación, el puente al próximo.

—Ojalá. Me encanta trabajar con esa clase de géneros baratos. Bueno, de vuelta como Lost: trabaja con el cómic, la ciencia ficción clásica. Una libertad que decías Uau, lo hicieron de nuevo. Ahora estoy viendo Game of Thrones. Y en la época que escribí el libro vi In Treatment, el cuento de los extraterrestres algo de ahí. Estamos viendo que fue toda una mezcla de series, la elaboración del libro, un choreo muy terrible. Philip K. Dick también usé –para ponerme más serio– y Borges, los dos trabajaban con cosas que para mí son metáforas de internet.

Claro, como cuando describís al roedor que se comporta de una manera que implica la posibilidad de una inteligencia colectiva. Es el tercer cuento, donde te soltás de la primera persona, y casi que lo narra una inteligencia colectiva.

—Completamente. Bueno, después de Philip K. Dick se hicieron todas esas reelaboraciones como Matrix, que permiten entenderlo mejor al chabón. Lostle debe haber robado eso a Borges: él también planteaba la idea de entrar en otro y de vuelta entrar en otro, y otro. Viste que era idealista entonces para él el mundo era representación. El fantástico en Borges pasa por ahí, por la idea del mundo como sueño que toma de los barrocos, de Shakespeare. Esto para hacerme un poco el interesante. Por ahí chorié eso. Al principio surgieron un par de ideas y dije: voy a escribir cuentos de ciencia ficción. Me daba un poco de miedo porque en el realismo uno se siente más cómodo. Pero quería probar a ver qué pasa con una cosa más basura. Es como infantil en un punto, entonces me daba miedo no ser serio.

Bueno, pero con el booktrailer queda claro que no es infantil. Te iba a preguntar si participaste en la dirección.

—¡No!, no me hago cargo. El director, Lucas Moreno, es un demente de Córdoba que siempre hace los booktrailers de la Nudista y tiene su propio cuelgue, entonces reelabora.

Está bueno igual.

—¿Te gusta?

Sí.

—Nos estamos preguntando de quién es esa concha porque…

Tiene que ser una amiga.

—Claro, tiene que ser una amiga.

Entonces a pesar de que estos cuentos tengan elementos nuevos, extraños, ¿ves una continuidad con los del primer libro?

—Sí, hay una especie de continuidad entre El asesino de chanchos y éste. Para mí dijeron que el primer libro era realista, pero siempre jugaba un poco al borde, tenía un tipo con una máscara que le chupaba el dedo a una mina y la hacía llegar chupándole el dedo, una cosa para mí súper absurda, no sé qué tan realista. O un personaje que se llamaba “el hombre que tenía la nariz en el bolsillo”, eso es menos realista que la mierda, pero bueno. Tenía anclas temporales y espaciales, en éste me preocupé por borrarlas. No hay muchas menciones a un espacio geográfico determinado.

Geográfico no, pero un par de veces mencionás los años 87, 88, 89.

—Claro, es mi infancia. A mí me lo preguntan mucho eso de la infancia porque hay varios personajes niños que después pegan un estirón, crecen y vuelven a eso. Puede ser un poco influencia de Cuenta conmigo, y puede ser que en la infancia hay más permeabilidad al delirio, a lo fantástico, al mundo más místico. Quería trabajar con eso.

Una constante en el tono del libro es el humor cordobés.

—Sí, ya con el loro un amigo me dijo: ah, cuentos verdes. Quería, no sé si hacer una parodia, pero fabricar un libro que tenga ciencia ficción pero trucha. No hacer que los protagonistas tomen mate en una nave espacial, que eso es Gorodischer, sino meterle elementos que tengan que ver con otro mundo y lo vuelvan más extraño. Un loro es lo menos poético que se te puede ocurrir, un animal muy de abuela o de tía. Yo tengo un humor, qué sé yo, me gustaría ser un más serio, pero siempre meto cosas de humor y pienso que es uno de mis “encantos literarios” entonces lo quiero usar. Además que sirva de contraste, que aliviane un poco lo denso.

No aliviana pero alivia.

—Ahí está, ese puede ser otro título. No aliviana pero alivia: Lamberti.

(fuente: blog de ETERNA CADENCIA)

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